Por Martín Ricca @martinricca1
Mi primer gran amor fue la música. Pero si hay algo que siempre estuvo ahí, acompañándome en diferentes etapas de la vida, fue el fútbol. Empecé a jugar a los ocho años en Argentina, gracias a mis hermanos Javier y Fabricio.


Ellos me llevaban a jugar con ellos aún siendo más chico, y ahí fue donde nació mi cariño por este deporte. Después, cuando llegué a México a los doce años para grabar novelas y dar conciertos (justo este mes se cumplen 27 años de eso), el fútbol seguía siendo parte de mis días. Jugaba campeonatos con mis hermanos, con amigos e incluso con Giovanni, quien años después se convertiría en mi manager. No era profesional, pero era una forma de estar presente, de soltar y de disfrutar. El foco estaba en la música pero el fútbol siempre encontraba su lugar.

Incluso tuve la oportunidad de jugar dos veces en el Estadio Azteca en partidos amistosos. Era muy chico, pero la emoción de estar en una cancha así no se olvida. Son momentos que se quedan grabados para siempre.
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Años más tarde, en 2008, cuando decidí alejarme del medio y volver a mi país, el fútbol se volvió un refugio más profundo. Una manera de acomodar todo lo que estaba sintiendo. En medio de tantos cambios personales, reencontrarme con una rutina me ayudó a volver a mí. Empecé a entrenar en un club que formaba parte de la Liga Regional de Córdoba, donde retomé una estructura que me dio dirección y estabilidad. Entrenaba de martes a viernes, los sábados tenía concentraciones y los domingos jugaba.


Estuve casi nueve años en el Club Unión San Cayetano Comunicaciones y después un tiempo en el Club Correo. A medida que me involucraba más, también entendía mejor mi lugar dentro del campo.
Siempre jugué en defensa. Empecé como lateral por ambos lados (soy diestro pero aprendí a usar la zurda) y con el tiempo pasé a central. Me gustaba ver el partido desde atrás, anticipar jugadas, sostener al equipo cuando más lo necesitaba. Ahí encontraba otra forma de liderazgo, muy distinta a la del escenario, pero igual de intensa.
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Con el tiempo, el deseo de entender el juego desde adentro me llevó a estudiar para técnico. Fueron tres años de formación, y hoy tengo ese título como un proyecto que me gustaría retomar algún día: dirigir en México, empezar con alguna categoría y, si se da, llegar a primera división. Sería una forma hermosa de cerrar el círculo, cumpliendo desde el banquillo lo que no se dio como jugador.
Y aunque mi ritmo de vida ha cambiado, el fútbol sigue ahí. Hoy sigo jugando en torneos más relajados, pero con la misma entrega de siempre. El fútbol ha sido una constante en mi vida, incluso cuando todo lo demás se movía. Me enseñó a caerme y levantarme sin hacer tanto ruido, a confiar y a entender que no
siempre se gana, pero siempre se aprende. Me dio alegría, estructura y amistades que siguen hasta hoy. A veces, en silencio, el fútbol te acomoda el alma.

Y no importa si lo juego o lo veo, la emoción es la misma. Como hincha, también lo vivo con el corazón. Soy de Boca Juniors. Crecí admirando al Diegote y viví con una emoción inmensa las dos Copas América y el Mundial que ganó Argentina. Ver a Messi levantar cada una de esas copas fue un momento que nos unió a todos, sin importar en qué parte del mundo estuviéramos. El fútbol no fue mi carrera, pero sí fue mi casa cuando me sentía perdido. Mi escape cuando necesitaba silencio. Mi adrenalina cuando la vida se ponía plana.

Lo que empezó como un juego entre hermanos terminó siendo una forma más de conocerme y de construir quién soy fuera del escenario.Y aunque nadie me aplauda cuando corro detrás de la pelota, ahí, en la cancha, sigo sintiéndome igual que en un concierto: vivo, conectado y feliz de estar jugando.




