Por: Eder García @edereldelosvinos
Cada vez que alguien ve una botella de vino mexicano arriba de $600 pesos, aparece la frase automática:
“Está carísimo. Con eso me compro uno español.” Y ahí está el problema. No en el precio. En la comparación.
México no juega el mismo juego que España, Chile o Argentina. Allá existen regiones con cientos de años de historia vitivinícola, apoyos gubernamentales, subsidios agrícolas y economías de escala gigantescas. Aquí, la mayoría de las vinícolas son proyectos familiares, con producciones pequeñas, terrenos caros, insumos importados y costos fiscales mucho más altos.

Producir vino en México es objetivamente más costoso. Pero hay algo más profundo: no entendemos qué estamos comprando.
Cuando alguien paga $180 por un cóctel en un restaurante, no lo cuestiona. Cuando paga $90 por una cerveza artesanal, tampoco. Pero si un vino mexicano cuesta $500, de pronto exigimos que sea una obra maestra mundial.
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¿Por qué?
Porque seguimos comparando precio contra países con estructuras completamente distintas. Es como comparar un café de especialidad de microlote contra un café industrial de supermercado y pedir que cuesten lo mismo.

Además, el vino mexicano no compite en volumen; compite en identidad, en frescura, en experimentación, en carácter. Regiones como Valle de Guadalupe, Coahuila o Querétaro están construyendo estilo propio, no copiando etiquetas europeas del siglo XIX.
El punto no es sí “vale lo mismo” que uno importado. El punto es si entendemos el contexto de producción, la escala y la apuesta que hay detrás. Cuando compras vino mexicano, no solo compras líquido. Compras riesgo empresarial, innovación agrícola y una industria joven que todavía está formándose.
¿Es perfecto? No.
¿Es barato producirlo? Tampoco.
¿Está caro? No necesariamente.
Y hay algo más importante todavía: los mercados se transforman cuando crece la demanda. Conforme más personas consuman vino mexicano, empezarán a aparecer nuevos proveedores, más competencia, mayor especialización, mejores cadenas logísticas y, eventualmente, más fuerza para exigir apoyos gubernamentales que hoy simplemente no existen en la misma escala que en otros países productores.

Las industrias se fortalecen cuando su propio país cree en ellas. Si queremos mejores precios, más calidad, más diversidad y más respaldo institucional, el primer paso no es criticar el precio desde fuera, es participar desde dentro.
Quizá el vino mexicano no es caro. Quizá está esperando que como mexicanos decidamos entenderlo y apoyarlo.
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